7 de cada 10 personas con un diagnóstico de salud mental lo callan en el trabajo. La mitad de quienes participaron de la encuesta tiene al menos uno. Casi nadie lo dice en voz alta.
De las 4.823 personas con experiencia laboral en América Latina que participaron, casi la mitad declaró haber recibido al menos un diagnóstico de salud mental alguna vez en su vida.
de cada 100 personas que respondieron, 48 cargaron un diagnóstico alguna vez.
No estamos hablando de "estrés laboral" ni de "tener un mal día". Hablamos de diagnósticos clínicos formales: ansiedad generalizada, depresión, TDAH, autismo, esquizofrenia, entre otros.
Muchas personas viven parte de su vida creyendo que padecen ansiedad generalizada y esa es la punta del iceberg de algo más, como TDAH.
Comparado con las prevalencias estimadas por la OMS y el NIMH, la ansiedad generalizada aparece sobrerrepresentada (23% vs. ~7% esperado). Esto no invalida el estudio: lo refuerza. Significa que quienes atraviesan estos diagnósticos sintieron la necesidad de responder. El silencio no es la única forma de hablar de salud mental.
Los diagnósticos no aparecen aislados: se cruzan, se superponen, se anudan. La salud mental rara vez es una sola cosa. Esta es la matriz menos contada del estudio.
de las personas con fobias también reportó ansiedad generalizada.
La ansiedad generalizada es el denominador común. Entre 50% y 65% de quienes reportaron autismo, fobias, esquizofrenia o bipolaridad también la cargan.
Elegí un diagnóstico en la columna y leé hacia abajo: cada celda muestra qué porcentaje de las personas con ese diagnóstico también declaró el de la fila. Hover para resaltar.
2 de cada 3 personas con fobias también reportó ansiedad generalizada. El cruce más alto de la matriz.
1 de cada 2 personas con autismo cargó también ansiedad generalizada. La punta del iceberg suele ser otra.
Casi la mitad de quienes reportan esquizofrenia también convive con bipolaridad. Dos diagnósticos que rara vez se piensan juntos.
Muchas personas viven parte de su vida creyendo que padecen ansiedad generalizada, y esa es solo la punta del iceberg de algo más profundo. Una intervención clínica y organizacional pensada para un solo diagnóstico se queda corta.
Las empresas suelen diseñar políticas pensando en una condición a la vez: un protocolo para ansiedad, otro para depresión, otro para neurodivergencia. Pero los datos muestran que las personas no entran en una sola casilla. Una política que no contempla la comorbilidad, deja afuera al 60% de quienes más necesitan acompañamiento.
Concentrarse no es solo cuestión de fuerza de voluntad. Para muchas personas con diagnósticos, es una batalla diaria que casi nadie ve.
de las personas con TDAH o depresión mayor reporta dificultades para concentrarse.
Sumando quienes respondieron "sí" o "a veces". Entre quienes no reportan ningún diagnóstico, la proporción baja al 54%.
No es "distraerse fácil" ni "perder el foco". Es esfuerzo sostenido, vergüenza, frustración, aislamiento. Una experiencia que el resto rara vez ve.
Cuando un líder ve a alguien "distraído", suele leerlo como falta de compromiso. Los datos muestran otra cosa: en TDAH y depresión, casi 9 de cada 10 personas conviven con dificultades reales de concentración. No es desinterés. Es síntoma. Y los entornos laborales rara vez están diseñados para eso.
Tener un diagnóstico de salud mental duplica la probabilidad de faltar al trabajo por agotamiento. El burnout no se reparte parejo: golpea más a quien ya carga algo.
faltó al trabajo por burnout al menos una vez
faltó al trabajo por burnout al menos una vez
Necesitan resultados y si no hacés las cosas bien, te torturan la cabeza. Hasta el ambiente laboral de hipocresía y explotación tiene efectos nocivos para la salud.
La OMS estima que la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de 12 mil millones de días laborales por año, con un costo global de un billón de dólares en productividad. El burnout no es un problema individual. Es una falla del sistema laboral que se factura al cuerpo de las personas.
El descanso es termómetro, no hábito. Casi el 70% de las personas con depresión, TDAH o ansiedad duerme menos de las ocho horas recomendadas.
tiene dificultades para conciliar el sueño.
Casi la mitad de quienes respondieron. Y en condiciones como depresión mayor o TDAH, esta cifra trepa al 70%.
no logra dejar de pensar en el trabajo en su tiempo libre.
abandonó un hobby por sobrecarga laboral.
de las personas con PTSD duerme entre 1 y 3 hs por noche.
Dormir mal no es un problema aislado. Es, muchas veces, la señal más visible de algo más profundo. El descanso deficiente puede no ser la causa, sino la consecuencia. Una organización que pide rendimiento sin condiciones de descanso, está pidiendo lo imposible.
Tres de cada cuatro personas dicen que su organización no ofrece ningún programa de bienestar. Y entre las que sí, los programas son los esperables: pocos y superficiales.
dice que su empresa no cuenta con ningún programa de bienestar.
tiene capacitaciones sobre salud mental.
accede a gimnasio o actividad física.
cuenta con línea telefónica para conversar.
tiene equipo de psicólogos disponible.
accede a talleres de coaching.
cuenta con psiquiatras disponibles. Cero.
Las empresas solo colocan carteles con frases motivadoras, pero después, cuando alguien necesita ayuda, empiezan los problemas y las estigmatizaciones que ponen en peligro la continuidad laboral.
Cuando hay programas, suelen ser cosméticos: charlas aisladas, descuentos en gimnasio, bots que preguntan "¿cómo estás hoy?". Pero ningún programa de los que aparece tiene escala suficiente para sostener una crisis real. La salud mental no se cuida con beneficios. Se cuida con sistema.
La mayoría de los trabajadores cree que a su empresa no le interesa su salud mental. Y eso no cambia mucho según el diagnóstico: la desconfianza es transversal.
en promedio, no cree que a su empresa le interese su salud mental.
La cifra trepa al 88% en quienes cargan ansiedad generalizada, depresión, TLP o ansiedad social. Solo entre quienes no tienen diagnóstico baja al 63%.
No les importa la gente. Solo importa que cumplan con su tarea.
La confianza es un factor protector clave frente al burnout y la deserción laboral (OMS, 2022). Cuando 8 de cada 10 personas no creen que a su empresa le importe, ese descreimiento se convierte en silencio: la gente no pide ayuda, no comparte diagnósticos, no usa los programas que existen. Revertir el descreimiento no es un trabajo de marketing interno. Es una decisión estratégica.
Quien carga un diagnóstico se ausenta del trabajo mucho más que el resto. Y esa ausencia rara vez se nombra: la mayoría oculta el verdadero motivo.
tomó licencia por salud mental. Más de cinco veces el promedio de quienes no tienen diagnóstico.
tomó licencia por salud mental. La línea base de comparación.
Si llegan a enterarse que la padecés, te desvinculan. Somos un número, no quieren problemas, solo una maquinita que trabaje y no falte.
Los testimonios revelan un patrón: la mayoría oculta el verdadero motivo de su licencia por miedo a represalias, burlas o pérdida de oportunidades. El regreso al trabajo suele ser aún más traumático que la ausencia. Cuando una empresa castiga las licencias por salud mental, no reduce las licencias: reduce la verdad sobre ellas.
Más de la mitad de las personas con diagnósticos no recibe ningún acompañamiento profesional. La red de cuidado es, sobre todo, ausencia.
de las personas con autismo o bipolaridad no recibe ningún acompañamiento profesional.
Y en ansiedad social, ansiedad generalizada, fobias y TLP, el porcentaje es similar: entre el 56% y el 59% transita su diagnóstico sin nadie.
Las empresas, en su rol de empleadoras, son invisibles en este mapa de cuidado. La gente recurre a psicólogos particulares, profesionales privados, familia, amigos. Recursos Humanos casi no aparece. El acompañamiento que sí existe, sucede afuera del trabajo, no adentro. La pregunta no es si la empresa "debe" intervenir. Es por qué eligió no estar.
Si tuvieras que contar este estudio en una sola conversación, contarías estos seis números. Llevátelos.
nunca compartió su diagnóstico ni con RRHH ni con su jefe directo.
cree que su salud mental impacta directamente en su trabajo.
considera que tener un diagnóstico es, hoy, un estigma social.
cree que sus líderes tienen habilidades para abordar la salud mental.
no deja de pensar en el trabajo, incluso en su tiempo libre.
abandonó un hobby por sobrecarga laboral.
Los datos cuentan la magnitud. Los testimonios cuentan la experiencia. Lo que sigue son fragmentos literales de la encuesta abierta.
Hablar de salud mental sigue exponiendo al juicio, al prejuicio y a la discriminación directa. El miedo a ser etiquetado o descartado es la principal barrera para buscar apoyo.
"Si se llegan a enterar que la padecés, te desvinculan. Somos un número, no quieren problemas, solo una maquinita que trabaje y no falte."
La presión constante, la falta de pausa, la cultura del rendimiento. Una combinación que erosiona la salud mental de su gente día tras día, sin que se nombre.
"Necesitan resultados y si no hacés las cosas bien, te torturan la cabeza."
El mayor dolor no siempre es la condición. Es la indiferencia de los líderes y compañeros. La necesidad de ser visto, escuchado, acompañado.
"Mi jefe inmediato ignoró mi comentario sobre un tratamiento de salud mental. Por el contrario, me exigían cada vez más."
Ser tratado como recurso, no como persona. La mirada que mide el rendimiento sin preguntar por el cuerpo, las emociones, la vida.
"Siento que a las personas se les exige resultados mirándolas como un número más y no como un ser humano con emociones y pautas mentales propias."
Uno por diagnóstico, con su sentimiento predominante. Ficciones construidas a partir de los testimonios reales recogidos en la encuesta.
"Las luces blancas y los ruidos de teclados me nublaban la cabeza. Pensaba: '¿estarán pensando que soy raro?'"
"Cada vez que alguien me pedía algo, sentía que me estaban marcando un error. Mi cabeza traducía cada palabra en amenaza."
"Me bajé del ascensor en el piso 12 y subí dos por escalera, con las piernas temblando. A veces pienso si renunciar sería más fácil."
"Si supieran que tengo esquizofrenia, ¿me tendrían miedo? Piensan que estoy distraído, pero estoy revisando cada paso."
"Avancé en tres proyectos antes del mediodía. '¿Estarán pensando que soy inestable?' Sé que en unos días me costará hasta ducharme."
"Interrumpí sin querer. Pensé: 'seguro creen que no escucho'. Pero escucho todo, solo que mi cabeza conecta ideas a una velocidad que no controlo."
"No me dijo nada distinto, pero me dolió como si me hubiera gritado. Me fui al baño a llorar en silencio."
"Hago todo esto mientras mi mente me dice que nada tiene sentido. Yo no me siento fuerte, pero sé que lo soy."
"Escuché un estruendo y mi cuerpo se paralizó. Me llevó diez minutos volver a concentrarme. ¿Cómo voy a seguir trabajando así?"
"Pasé la mañana revisando un informe una y otra vez. 'Si reviso demasiado, van a pensar que soy lenta.'"
"Antes de cada reunión repaso lo que voy a decir 20 veces. Y aun así, después no recuerdo si hablé bien."
"Nunca me diagnosticaron nada. Pero hay semanas en que no puedo dormir, y no sé si eso cuenta o no."
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